Vates (con V) : II Acto del
| De: | Enviado: 10/08/2005 16:13 |
Y en este punto reanudo los pasos del equestre caballero que desde lejos las almenas vieron llegar a lomos de su pegaso y ante el pedestal de Séneca apearse limpio, fijo y da esplendor bajo la égida de los dioses inmortales de Bernier, de soslayo mirando a diestro y sinistro y con la mano fondeada en su florete tachonado de sinople e ígneos gules. Del umbral la Puerta atravesó, sin percatarse del cerco amurallado y la muda y estoica estatua, rumbo a Dios sabe dónde, alejándose su figura portentosa entre encalados laberintos y recovecos ajimezados. Empero, el enhiesto campanario que guarnece el antiguo minarete lo sorprendió trepando por un balcón y yendo al encuentro de cierta dama, muy hermosa -y dicen de Aguilar, Sevilla o tal vez Gante- y un tanto misteriosa, cándido lirio esperando como discreta amante en el baldaquino de su alcoba a que el Duque de Montilla la desnude con su mirada y la embriague con el alfójar de su vigoroso cuerpo, en tanto que la estreche contra su inflamado pecho y la impregne de sus ósculos opímos, mórbidos, carnosos, sensuales, jugosos, tiernos, líricos, mordaces, no etéreos, apasionados, melosos, letales, divinos de la vida. La tarde ya había caído en su opaca siesta. Un sol crepuscular se desmayaba entre campanas perezosas y ecos de cancelas y guitarras. En poco tiempo la noche robó el color a las cosas y extendió su espesura umbría rozando el resplandor mortecino de farolas, teas y cirios. El tío de Lucano se caía de sueño en su sede inerte. El río balbuceaba bostezos en sus aguas duermevela. Las torres de Córdoba ya no veían nada ni nadie y en el Patio de los Naranjos las arquerías apoyaban el exhausto colorido d sus senos sobre expoliados capiteles, eunucos de oído y lengua. Pero la rueda celeste de marfil, como gajo de alcanfor en plenitud, espió queda y pícara en su mausoleo de ébano y plata. Y vio una lene luz al fondo del ventanal entre tanta sombra sepulcral. Y escuchó respiraciones entrecortadas, cumbres derramadas, música de las esferas consumada, abundancia de sudor y acordes de jade, carne desnuda malabarista insuflados por el lascivo alquimista y querubín de las ingles con certera aljaba. Y cuando una cárdena bruma trepaba por las enaguas azabache de la indiscreta Selene, en el instante en que la aurora se despereza y se restriega sus ojos de rosas tiznadas, su Excelencia cubrióse de tafetán y damasco y en la cabeza se coronó con su sombrero engalanado con el plumaje de un pavo real, atusándose el mostacho frente al espejo y en su efigie encajando una máscara de guadamecí con incrustaciones de oro y nácar. Y así con estas trazas tan lucidas y polícromas, se encaramó a la balaustrada y sobre la grupa de su Babieca -blanquísimo como la espuma- saltó en un santiamén, poniendo estribos y jaeces hacia otro lugar más recoleto que no bien recuerdo ahora, sin franquear las murallas ni abandonar de la mezquita el barrio, ni del Alcázar los jardines. |
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