Y en este punto reanudo
los pasos del equestre caballero
que desde lejos las almenas vieron
llegar a lomos de su pegaso
y ante el pedestal de Séneca
apearse limpio, fijo y da esplendor
bajo la égida de los dioses
inmortales de Bernier,
de soslayo mirando a diestro y sinistro
y con la mano fondeada
en su florete tachonado
de sinople e ígneos gules.
Del umbral la Puerta atravesó,
sin percatarse del cerco amurallado
y la muda y estoica estatua,
rumbo a Dios sabe dónde,
alejándose su figura portentosa
entre encalados laberintos
y recovecos ajimezados.
Empero, el enhiesto campanario
que guarnece el antiguo minarete
lo sorprendió trepando
por un balcón
y yendo al encuentro
de cierta dama, muy hermosa
-y dicen de Aguilar,
Sevilla o tal vez Gante-
y un tanto misteriosa,
cándido lirio esperando
como discreta amante
en el baldaquino de su alcoba
a que el Duque de Montilla
la desnude con su mirada
y la embriague con el alfójar
de su vigoroso cuerpo,
en tanto que la estreche
contra su inflamado pecho
y la impregne de sus ósculos opímos,
mórbidos, carnosos, sensuales,
jugosos, tiernos, líricos,
mordaces, no etéreos,
apasionados, melosos, letales,
divinos de la vida.
La tarde ya había caído
en su opaca siesta.
Un sol crepuscular se desmayaba
entre campanas perezosas
y ecos de cancelas y guitarras.
En poco tiempo la noche
robó el color a las cosas
y extendió su espesura umbría
rozando el resplandor mortecino
de farolas, teas y cirios.
El tío de Lucano se caía de sueño
en su sede inerte.
El río balbuceaba bostezos
en sus aguas duermevela.
Las torres de Córdoba
ya no veían nada ni nadie
y en el Patio de los Naranjos
las arquerías apoyaban
el exhausto colorido d sus senos
sobre expoliados capiteles,
eunucos de oído y lengua.
Pero la rueda celeste de marfil,
como gajo de alcanfor en plenitud,
espió queda y pícara
en su mausoleo de ébano y plata.
Y vio una lene luz
al fondo del ventanal
entre tanta sombra sepulcral.
Y escuchó respiraciones entrecortadas,
cumbres derramadas,
música de las esferas consumada,
abundancia de sudor
y acordes de jade,
carne desnuda malabarista
insuflados por el lascivo alquimista
y querubín de las ingles
con certera aljaba.
Y cuando una cárdena bruma
trepaba por las enaguas azabache
de la indiscreta Selene,
en el instante en que la aurora
se despereza y se restriega
sus ojos de rosas tiznadas,
su Excelencia cubrióse
de tafetán y damasco
y en la cabeza se coronó
con su sombrero engalanado
con el plumaje de un pavo real,
atusándose el mostacho
frente al espejo
y en su efigie encajando
una máscara de guadamecí
con incrustaciones de oro y nácar.
Y así con estas trazas tan lucidas
y polícromas, se encaramó
a la balaustrada
y sobre la grupa de su Babieca
-blanquísimo como la espuma-
saltó en un santiamén,
poniendo estribos y jaeces
hacia otro lugar más recoleto
que no bien recuerdo ahora,
sin franquear las murallas
ni abandonar de la mezquita el barrio,
ni del Alcázar los jardines.