El hombre se detuvo delante del desvencijado carrusel de la puerta giratoria del café Paradigma, situado en la Glorieta de Pirámides, casi esquina con el antiguo callejón del gato, que durante el franquismo fue ascendido a la categoría de calle con el pintoresco nombre de "Beato Cura Francisco". El hombre frisaba los cuarenta años, y hacia veinte años que no entraba en aquel viejo café al que acudía diariamente para preparar exámenes. La tranquila Glorieta de aquellos días, ahora era una algarabía de estridente tráfico y anuncios de neón intermitente que captaban la atención del viandante con su ritmo sincopado.
Picado por una nostálgica curiosidad, el hombre entró en el café... y salió del mundo.
Como es sabido, los antiguos cafés no están en nuestro mundo: son confluencias privilegiadas del espacio tiempo, donde todo discurre con la misma parsimoniosa lentitud que nos sirven los camareros.
Las lámparas del café, dorados oropeles de chatarra, colgaban del cielo raso como ahorcados a punto de dar su último destello. Su agonizante luz difuminaba, más si cabe, la densa atmósfera de cigarros e infusiones humeantes. El hombre comprobó que su mesa de siempre estaba vacía.
Una vez sentado, reconoció a los tres camareros de entonces: el de la barra y los dos que atendían las mesas. Era increíble: apenas habían cambiado. Era como si estuvieran anclados en una intemporal ancianidad. El camarero también le reconoció al atenderle, y le dijo que estaba completamente feliz de volver a verle.
Entonces entró el mismo poeta astroso que regalaba poemas por la voluntad. También se mantenía en su decrepitud de antaño, y, como en un "dí¨já vu", se repitió la escena de siempre: primero intentó echarle el camarero de la barra, después el de la zona de las ventanas, y, por último, el que atendía las mesas interiores consiguió echarle del café.
Todo parecía tan igual que a su mente acudió la letra del Tango "Volver" de Gardel y Le Pera: "sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en la sombra, te busca y te nombra...".
Una gran angustia se apoderó del hombre: el melancólico tango le hizo pensar que solo faltaba... ella. Levantó la vista hacia donde siempre se sentaba ella, y su corazón casi se detuvo al verla. Le pareció igual de guapa, pero más interesante.
El hombre miró con desesperación el reloj decimonónico del café, y garrapateó algo sobre una servilleta de papel que luego entregó a la mujer. Al poco tiempo, salieron juntos del café... para entrar en el mundo.
Dejaron la servilleta sobre la mesa con una frase y unos versos:
Nunca te he dirigido la palabra y nunca he dejado de amarte.
El tiempo es la esfera inerme
del reloj decimonónico,
la parte que no se mueve.
Y sus manecillas de oro
la parte que avanza siempre
es el mundo y lo que somos:
no es el tiempo el que se pierde,
que nos perdemos nosotros.
Mendo
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