Tenía 40 años y un buen trabajo.
Pero algo no funcionaba bien,... o, al menos, no del todo.
En su lujosa casa de aquella urbanización elitista de las afueras de Madrid, las paredes resonaban, con su propia voz, demasiado a menudo.
Echaba de menos una voz más aguda, cariñosa, dulce...que le hiciera compañía.
O dos vocecillas que gritaran de alegría...
No se atrevía a hacerlo con pastillas. Ni tampoco de un disparo.
Nunca se había atrevido a hacer nada. Y ahora, cuando iba a tomar la decisión más trascendente de su vida, menos aún.
Una vida oscura...muy oscura...su vida.
Se montó en el coche, con la vaga idea de comprar una botella de whisky en la gasolinera, para emborracharse y olvidar sus penas.
De repente, lo vio claro.
Diáfano.
Nacional-I : Madrid.
Nacional-I : Burgos. Dirección prohibida.
Tomó este último, su último camino.
Los coches en dirección contraria pitaban y le daban las luces largas. Apenas oía los gritos que salían de los vehículos que dejaba a su paso. Gritos no precisamente amables.
Durante toda su vida, había deseado ser alguien. Salir en los periódicos.
Ahora, iba a poder hacerlo. Como un suicida al volante.
Esquivó el coche patrulla de la guardia civil. Y al camión.
Pero no pudo esquivar al SEAT Ibiza.
Dentro, varias personas. Y varias voces.
Estupefacto, pudo escuchar una voz más aguda, horrorizada de terror, que se acercaba a 280 kilómetros por hora.
Y le pareció oir también, dos vocecillas que gritaban de espanto.
El choque fue tremendo. El olor a gasolina inundó instantáneamente sus fosas nasales.
Saldría en los periódicos.
Por fín había hecho algo bien en su oscura vida.
“Soy el asesino perfecto”, pensó, mientras ardía envuelto en llamas.
Nick
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